14 de enero de 2009

Viaje al oeste...

Me temía que salir de Pudong fuera de la misma puerta en la que se quebró mi corazón. Afortunadamente no fue la misma terminal. El viaje empezaba bien. Tokio pasó sin mayor novedad, el ya famoso baño con bidet quizá valga la pena mencionar... fue mi última experiencia en Asia, la más íntima de todas. No había robots atendiendo en las tiendas, ni grandes luces en Narita. Comí sushi, el auténtico sushi, si bien salió de una tienda estilo 7-eleven.
Como el vuelo se dirigía a Los Angeles, oír hablar a desconocidos en español fue una prueba concreta de que ya me estaba acercando. Recordé cuanto no extrañaba nuestra naquez. Gente mascando chicle con la boca abierta, cargando esas horrendas bolsas de mercado gigantescas que tanto detesto y que creí que nada más los chinos se atrevían a mostrar en público. No. Pero, son nuestros "paisanos" y dicen que hay que quererlos aunque no hablen bien ni inglés ni español.
Quien diga que estar en Los Angeles es como estar en México está equivocado. Al menos en LAX. La gente en México es más bonita, con sus debidas excepciones claro está. Yo también lo decía. Ahí comí un maravilloso hotdog. Si, ¡hotdog! La gente que lea esto pensará que estoy loca, pero sé que mis amigos en China me entienden. Usé mucha mostaza, nada de mayonesa, disfruté de catsup no empalagosa, y 'rete-hartos' jalapeños. Vi mi hotdog como por 30 segundos... la gente se me quedó viendo el resto de los 30 minutos que estuve en ese lugar. Bien me lo habían advertido y como quiera me pasó: 2 años fueron suficientes para que me olvidara yo de dar propina y de no recoger mi charola después de comer. Ya había recorrido tres salas de espera cuando me di cuenta de mi error... la pena me detuvo de volver.
Finalmente LAX-GDL. Ahí de nuevo la gente me hablaba siempre en inglés, como si yo no pudiera hablar el idioma nativo. No comí, estaba cansada y no quería arruinar mi hotdog con pollo y arroz. Yo ya quería salir... vi un atardecer (se ven pocos por aquél otro extremo del Pacífico), vi mi tierra y vi lágrimas.
Un mal presentimiento con las maletas se hizo realidad: no llegaron. Afortunadamente para mi tranquilidad (desafortunadamente para otras 25 personas) fueron muchas maletas las desaparecidas. Llegaron hasta al día siguiente. Total, si ya había estado con la misma ropa por 30 horas, otras 12-15 no harían gran diferencia. Lo bueno es que mi familia me extrañaba tanto que obviaron mis fachas... no creo necesario decir lo emotivo del reencuentro después de dos años sin vernos más que en pixeles.
Esa noche cenamos tacos.

1 comentario:

Rodrigo dijo...

Qué bueno que pudiste venir.

Ahora falta la historia del regreso.